Humanizar la sociedad en femenino y masculino

Publicado el 16/12/2010 ~ 1 comentario
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Feminizar el mundo: el papel insustituible de la mujer

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
Comentarios al autor: tmelendo@masterenfamilias.com
http://www.edufamilia.com/
Comentario somero, y por eso insuficiente —además de inevitablemente masculino—, en torno a la función de la mujer en la tarea vivificadora de la humanidad. (Se puede leer y descargar el documento completo en pdf)
Una antropología adulta…
Hoy prácticamente nadie duda que la aparición del concepto-realidad de persona supuso un radical salto de cualidad para aquel saber que intenta explicarnos lo que es el hombre —la antropología adulta, como la he llamado en ocasiones—, así como también para el conjunto de la vida en la Tierra.
Pero esta afirmación y todo lo que implica resultaría coja si no se subrayara con vigor un nuevo elemento, fundamental y decisivo: la diferenciación de la persona humana en masculina y femenina. Sin semejante descubrimiento, y cuanto de él se desprende, resulta imposible apreciar toda la riqueza que corresponde a la «humanidad»: estaríamos ante un saber adulto, pero no suficientemente maduro.
Y no se trata solo de que la mujer ostente de ordinario unos atributos diferentes de los que caracterizan al varón, de manera que si excluimos a una u otro lo propiamente humano resulta manco y disminuido.
Conviene advertir también, aunque solo de pasada, que la complementariedad entre ambos es dinámica. La presencia de la mujer hace despertar en el varón cualidades que sin ella quedarían como adormecidas, lo mismo que sin el amor masculino la feminidad no lograría un pleno desarrollo.
Pero, además, entre las perfecciones que uno hace florecer en la otra, y viceversa, se encuentran también las que, al no poder entrar en detalles, calificaré como más propias de uno u otro sexo. Con la peculiaridad de que el varón encarnará las propiedades de la mujer con un toque masculino, de forma análoga a como la mujer incorporará lo masculino con un dejo de feminidad.
El resultado, que me limito a esbozar, es un auténtico enriquecimiento de «lo personal-humano», en una espiral creciente que, en principio, no tiene límites y sin cuya consideración cualquier análisis de la persona y el mismo desarrollo de la Humanidad en cuanto tal quedarían incompletos.
Debe afirmarse, pues, que la plena mayoría de edad de los estudios antropológicos no ha comenzado hasta que, muy en particular a lo largo del siglo XX, se advirtió que la diversidad entre el varón y mujer afectan justo a su condición personal, de modo que se hace necesario distinguir entre la persona-masculina (o varón) y la persona-femenina (o mujer), precisamente como complementarias y destinadas al apoyo y crecimiento recíproco.
A lo que, por desgracia, hay que añadir algo que debería resultar obvio. A saber, que tal cúmulo de ganancias desaparecería en cuanto —como ha ocurrido a menudo y en cierto modo era «históricamente inevitable»—, por una suerte de igualdad igualitarista mal entendida, la mujer dejara de ser a fondo lo que es: mujer-mujer, para adoptar aires o tonos o modales masculinos.
Como explico con frecuencia, la igualdad no es un atributo aplicable a las personas, entre otros motivos, y no como el menos importante… porque no la necesitan para nada. Cada persona es un absoluto, que vale absolutamente, sin parangón posible, y cuya exclusiva misión es la de ser fondo aquel alguien que —¡cada una, singular e irrepetible, única!— está destinada a ser.
Lo que lleva consigo, para el varón, un desarrollo acabado de su masculinidad, y para la mujer, el cumplimento más cabal de su feminidad genuina… que son las maneras respectivas como uno y otra pueden alcanzar la plenitud personal que les corresponde.
Por enésima vez, y porque resulta sumamente gráfico, recojo el consejo de Unamuno a un escritor novel que «se consideraba»… poco «considerado» por la crítica: «No te creas más, ni menos, ni igual que otro cualquiera, que no somos los hombres cantidades. Cada cual es único e insustituible; en serlo a conciencia pon todo tu empeño.»
Por eso me ha parecido oportuno estructurar esta segunda intervención en el Congreso como un comentario somero, y por eso insuficiente —además de inevitablemente masculino—, en torno a la función de la mujer en la tarea vivificadora de la humanidad que desde hace lustros propugno, porque la considero imprescindible.
(…)
El genio de la mujer
¿Sería muy difícil extraer las conclusiones pertinentes para el enriquecimiento de la familia y la personalización del mundo y, más en concreto, de los medios de comunicación?
Se pueden entrever a través de las sugerentes afirmaciones de un texto de Jutta Burggraf. Acudiendo a una expresión acuñada por Juan Pablo II, explica la autora que el “genio de la mujer” «constituye una determinada actitud básica que corresponde a la estructura física de la mujer y se ve fomentado por esta. En efecto, no parece descabellado suponer que la intensa relación que la mujer guarda con la vida pueda generar en ella unas disposiciones particulares. Así como durante el embarazo la mujer experimenta una cercanía única hacia un nuevo ser humano, así también su naturaleza favorece el encuentro interpersonal con quienes la rodean.
El “genio de la mujer” se puede traducir en una delicada sensibilidad frente a las necesidades y requerimientos de los demás, en la capacidad de darse cuenta de sus posibles conflictos interiores y de comprenderlos. Se la puede identificar, cuidadosamente, con una especial capacidad de mostrar el amor de un modo concreto. Consiste en el talento de descubrir a cada uno dentro de la masa, en medio del ajetreo del trabajo profesional; de no olvidar que las personas son más importantes que las cosas. Significa romper el anonimato, escuchar a los demás, tomar en serio sus preocupaciones, mostrarse solidaria y buscar caminos con ellos.»
La tarea: Feminizar el universo
Afirmaciones que, lejos de cualquier atisbo de enfrentamiento entre lo masculino y lo femenino, llamados a complementarse dinámica y creativamente —como he esbozado y espero desarrollar en otra ocasión—, nos devuelven en directo a la persona y la exigencia de personalizar el universo humano, que es también devolverle su mordiente ético.
Pero asimismo nos informan de que para lograrlo resulta imprescindible que todos aquellos valores que podríamos calificar «como propios de lo femenino —lo que el psicólogo suizo C. J. Jung llamaba el ánima, el cuidado, la atención diligente por los demás— no los consideremos en modo alguno privativos ni exclusivos de la mujer (aunque en ella hayan podido tener una mayor presencia por razones históricas), sino que los advirtamos como igualmente indispensables en el varón, para evitar que este sea simplemente un energúmeno, tan solo preocupado por el poder y la competencia.»
Lo que se impone, pues, es un trasvase. Una transfusión que ya se está llevando a término en el seno de muchísimas familias y en otros ámbitos de la sociedad. Pero recuerden lo que acabo de evocar: que el ser humano —varón y mujer— ha sido confiado al cuidado de esta última. De ahí surge, comenzando por el ámbito del matrimonio, el reto primordial, la exigencia más apremiante y de más calibre de lo que vengo calificando como revolución pacífica que instaurará en nuestro mundo una auténtica civilización el amor. Es esta la tarea que la mujer no puede aplazar y en la que los medios de comunicación «feminizados» desempeñarían un papel de primer orden, también como elementos de difusión y de propuesta anticipadora.
Se trata de devolver la vida auténticamente humana, personal, cálida, jugosamente perspicaz, al conjunto de la familia y, a través de ella, y también directamente, a todo el universo. Porque, como recuerda de nuevo Pemán en clave un tanto humorística y sin ningún afán de lastimar, «el varón puede hacer sin la mujer todo —arte, ciencia, guerra, política—, todo menos un pequeño detalle: vivir…»
En resumen: con toda probabilidad, la quintaesencia de lo femenino pueda definirse como una cercanía connatural con cada persona y con la importancia de cada detalle de cada vida personal; categoría que nunca podría ser exagerada porque deriva justamente de la condición personal del sujeto de esos atributos.
(…)
Mujeres-mujeres
En medio de los vaivenes y las turbulencias de los últimos años en relación con estos temas, siempre han existido quienes han logrado mantener un sereno y lúcido equilibrio. Fueron muy conscientes, como apuntaba, de que la mujer era del todo imprescindible para humanizar el mundo en que nos movemos y, al mismo tiempo, de que esa elevación y saneamiento irrenunciables solo podría ejercerla —como he repetido y ahora pretendo subrayar— si no hacía dejación de su feminidad.
En este sentido, no puedo dejar de recordar, con las palabras directas y certeras de una de las personas que más ha influido en mi vida y en mis ideas a este respecto, que el desarrollo, la madurez, la mayoría de edad, la emancipación de la mujer y cuanto quiera añadirse en la misma línea —acertadísimo e indispensable—, nunca deberían convertirse en una anhelo de igualdad igualitaria o de uniformidad con el varón: en una burda imitación de la manera masculino-machista de comportarse.
Y la razón, tras lo que he apuntado, no puede ser más neta. Semejante «avance» de ningún modo podría considerarse un logro, sino más bien una pérdida para la mujer… y, lo que en cierto modo es aún más doloroso, para el conjunto de la humanidad.
Y eso, no porque la mujer sea más o menos que el varón —¿no dije que semejantes comparaciones están fuera de lugar cuando se trata de personas?—, sino porque es distinta y solo podrá cumplir en ella lo humano siendo hasta el fondo lo que por naturaleza está llamada a ser: mujer-mujer, en el grandioso sentido que procuro otorgar siempre a esta expresión.
Como vengo diciendo, solo la mujer puede aportar a la familia, al lugar de trabajo, al conjunto de la sociedad civil, ¡a los medios de comunicación, en particular!, lo que le pertenece nativamente y, no obstante, está llamado a ser patrimonio de todos: su delicada ternura, su generosidad sin límites, su amorosa y perspicaz atención a lo concreto, su creatividad y agudeza de ingenio, su intuición clarividente, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad… Ninguna mujer lo será en plenitud hasta que advierta la hermosura —para nada alienante en un universo previamente feminizado, preñado de amor— de su aportación insustituible… y haga de todo ello vida de su propia vida.
En semejante sentido, Janne Haaland Matláry, que ha desempeñado cargos políticos de primer rango en el Gobierno noruego, escribe: «La colaboración femenina siempre es diferente, su atención a los demás también es distinta. Ellas tienen una inclinación natural hacia las relaciones interpersonales y hacia los otros seres humanos que muy pocos hombres tienen; y siempre serán las que se ocupen de esas “políticas menores” [es decir, las auténticamente relevantes, decisivas] que son las de la familia y los asuntos sociales por haber tenido la experiencia previa de la maternidad; o serán también las que se ocupen del cuidado de otras personas o de sacar adelante una casa, tal y como hace la mayoría de las mujeres.»
Y añade, para aclarar hasta qué extremo todo ello se encuentra ligado con lo que he resaltado en cursiva (es decir, con la experiencia de la maternidad, que no necesariamente consiste ni «pasa» por la maternidad biológica): «… hoy las mujeres tienen necesidad de reafirmar la importancia de la maternidad, tanto en sus propias vidas como en el conjunto de la sociedad. Deben asimismo plantear reivindicaciones en otros ámbitos —en la actividad profesional y en la política— para que sea posible y compatible ser madre y trabajar fuera de casa. Y esto debería hacerse extensivo a los padres.
Pero la cuestión esencial no es solo de orden práctico sino también antropológico: las mujeres nunca se sentirán felices si no toman conciencia de hasta qué punto la maternidad define el ser femenino, tanto en el plano físico como el espiritual, y expresan esta realidad con la reivindicación del reconocimiento social.
Ser madre es mucho más que la intensa y vivida experiencia de dar a luz y criar a un hijo: es la clave para una toma de conciencia existencial de quienes somos.»
También lo expresa, con la fuerza y el vigor que la caracterizan, Marta Brancatisano: «Desempeñar nuevas profesiones (desde ministro a astronauta, pasando por todo el género de tareas inventadas por la sociedad multifuncional) ha sido un simple juego para quien poseía la clave de todas ellas inscrita en su código sexual. Enumero algunas a título de ejemplo: el conocimiento del ser humano, que le permite gobernarse a sí misma y relacionarse con los demás con la apertura y la serenidad que se experimentan ante lo que nos resulta conocido y amado; la flexibilidad para pasar de una tarea a otra —que deriva de su habitual competencia para afrontar las imprevisibles necesidades cotidianas; la amplitud de intereses y la versatilidad de ingenio, fruto de la pluriforme preparación imprescindible para hacer vivir un hogar (economía, ingeniería, arquitectura, derecho privado e internacional, medicina, dietética, arte, estética, literatura, psicología, pedagogía e incluso moral y teología); su inimitable sentido de la realidad y del valor del tiempo, resultado del carácter impelente y de urgencia propios del trabajo del hogar, que, por estar directa y ordinariamente unido a la supervivencia del ser humano, no admite incumplimientos, retrasos ni tramposas simulaciones.»
(…)
¿Solución?: la mujer
Sin duda, la mujer ha sufrido durante siglos una clara discriminación, modulada de maneras y con intensidades distintas en las diversas esferas, que pedía y sigue pidiendo a gritos ser subsanada… ¡y hasta sus últimas consecuencias!
Pero cuando el «remedio» ha consistido en adoptar en la actividad pública los modos de obrar propios del varón, y cuando a eso se ha unido la defección del hogar por parte de bastantes mujeres, el saldo ha sido —como ya he dicho y contra todos los propósitos y previsiones— un recrudecimiento de lo que podrían calificarse como «vicios» típicamente masculinos… ni contrapesados ni dulcificados por la presencia efectivamente femenina de la mujer.
Cuestión todavía más peliaguda por cuanto, en determinados momentos y lugares, esta ha dejado de ejercer también el influjo que durante siglos irradiaba desde el seno de su casa… ¡y que asimismo debería y debe irradiar el varón, con sus características particulares!
Todo lo anterior, con palabras de Mercedes Eguíbar que no dudo en hacer mías, conduce a afirmar sin paliativos, guste o no —¡y a mí me gusta!—, «… la primacía femenina en el orden del mundo. Mientras permanece como guardiana de lo particular e íntimo, no sucede nada. Cuando desea realizarse [de manera exclusiva] en cualquier profesión, aparecen los inconvenientes. Y al mismo tiempo, cuando no se encuentra en el quehacer externo se advierte su ausencia, reina la agresividad y la paz es un ente que no se sabe cómo llegar a poseer.»
O, desde la perspectiva complementaria: «Al ausentarse del hogar para trabajar [exclusivamente] en otra profesión fuera de su casa, [la mujer] ha contribuido, sin desearlo, a crear un vacío que nadie ha ocupado y que origina una fuerte inestabilidad en la familia. El hogar queda huérfano y el matrimonio se debilita. Y al decidirse a no tener hijos, porque no tiene tiempo, invierte la pirámide: el mundo necesita ciudadanos jóvenes y se encuentra con un crecimiento desmesurado de personas mayores.»
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