El vestido: exigencia de la personalidad

Publicado el 01/07/2010 ~ 4 comentarios
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“Ardía en sus ojos una sonrisa tal, que pensé alcanzar con los míos, el fondo de mi felicidad y de mi Paraíso” (Dante, La divina comedia).
Los ojos son las ventanas del alma. Y así como nos permiten asomarnos al exterior y contemplar las cosas, nos ofrecen también la posibilidad de asomarnos a los espacios interiores de nuestros semejantes, a ese mundo riquísimo de la interioridad.
Un buen amigo mío solía repetir, entre bromas y veras, que llega un momento en la vida en que el hombre es responsable de su cara. Quería decir con ello que llega un momento en que ha pasado el tiempo suficiente como para que las personas hayan plasmado su personalidad en el propio rostro. En general, es cierto que, cuando alguien tiene lo que se dice “cara de malas pulgas”, es que en verdad las malas pulgas las lleva dentro.
Los jóvenes, sobre todo, suponen que su persona interior, las formas de su carácter son un profundo secreto que llevan en sí bien defendido de las miradas ajenas por la materia opaca de su cuerpo. No hay tal, nuestro cuerpo desnuda nuestra alma, la anuncia, la va gritando por el mundo. Nuestra carne, con frecuencia, es un medio transparente donde se refleja la intimidad que la habita.
El niño que no sabe mentir, el hombre recto que miente torpemente se traiciona a sí mismo, la mujer que se ruboriza. son el signo de la nobleza y transparencia del alma a través del cuerpo.
El cuerpo humano es lo que es: un cuerpo. Pero además expresa lo que no es: el alma. La carne del hombre manifiesta algo latente. Es el alma lo que percibimos al mirar a los ojos de una persona, y un complejo de sentimientos, actitudes y deseos que se asoman a esas ventanas. Una sonrisa no es simplemente el despliegue de determinados músculos faciales. Es, sobre todo, un acontecimiento espiritual. El rostro del santo y el del libertino reflejan dos mundos y, sin grandes esfuerzos de análisis, adivinamos en ellos la santidad o el vicio.
Esta expresividad maravillosa del cuerpo humano, se concreta en determinadas zonas de él, aunque también el cuerpo en su conjunto armónico, revela actitudes y sentimientos interiores. Para entendernos, podemos dividir el cuerpo en lo que podemos llamar unidades anatómicas. Cada unidad anatómica de nuestro cuerpo posee su propia significación. Ya hemos visto cómo el rostro es la unidad anatómica expresiva por excelencia: desvela el alma, su estado, su actitud. Sólo puede tornarse opaca haciéndose violencia, y en ocasiones ni aun el fingimiento resulta posible. Por ello podemos decir que el rostro es lo más personal del cuerpo humano, precisamente porque desvela el alma en grado sumo. De ahí que el rostro no plantee, normalmente, problemas a la sensualidad. Mirar un rostro es casi siempre un acontecimiento espiritual. Percibimos una persona con su personalidad: algo que trasciende al cuerpo porque es más.
Las manos son también, aunque en menor grado, expresivas y sugerentes. Un puño cerrado, una mano flácida o crispada, expresan odio, languidez o tensión. La mano tiene su lenguaje y en ocasiones expresa más de lo que suponemos. En cambio el pie no suele expresar gran cosa, no es más que un instrumento para caminar, y si expresa algo más es sólo como parte de la totalidad del cuerpo.
No se trata de ir pormenorizando sobre cada pieza del cuerpo (el cabello, los dedos, las orejas y las posturas), lo que nos interesa es saber que el cuerpo humano está compuesto de lo que hemos llamado unidades anatómicas, dotadas de fuerza expresiva tanto en su conjunto como individualmente consideradas.
Caemos en la cuenta de que hay zonas que carecen de la riqueza expresiva que hemos atribuido al rostro. No dan a conocer la personalidad en sentido espiritual, sino que son opacas; cuando la mirada se topa con ellas no puede ir más allá, se detiene como ante un muro, una mera cosa, que no dice nada más que la función que da razón a su existencia (un codo, por ejemplo). Son esas las zonas o unidades anatómicas más impersonales, pues el espíritu no puede expresarse en ellas. Por lo demás presentan, poco más o menos, el mismo aspecto en todos los individuos y por ello no son representativas de la persona.
Algunas de esas zonas, sin embargo, poseen un alto poder significativo, están diciendo: placer. Un placer que de suyo es bueno, pero que no lo es siempre y en cualquier circunstancia, puesto que sólo encuentra su lugar en el matrimonio. Sólo motivos de salud o de higiene, crean en torno al cuerpo descubierto un interés que rebasa la llamada del placer. Así, pues, el desvelamiento de estas unidades anatómicas es para el hombre o la mujer una especie de despersonalización voluntaria. El alto poder significativo de esas zonas, no de la personalidad, sino del placer, reduce a la persona que las desvela a la condición de objeto, objeto de placer.
De manera que llega un momento en que unos centímetros más o menos de ropa, cobran una importancia grande. Una sola pulgada de tela puede dejar al descubierto una parte de la impersonal unidad anatómica, de modo que el vestido pase a ser ya insinuante. Por esos centímetros la personalidad pierde transparencia ante la mirada del prójimo, y esa unidad anatómica de carácter sexual llena todo el campo visual del observador. Con ello el sujeto pierde su originalidad personal, convirtiéndose en mero objeto absorbente.Er is hier een roulette spel aanwezig, maar je vindt hier ook een croupier.
Es cierto que en todo este asunto hay otros factores que pueden jugar un papel importante: psicológicamente es muy distinto un campo de deporte que un salón.
El vestido se muestra, pues, como una exigencia de la personalidad. Sin él la originalidad de la persona se esfuma. Su misión es, justamente, velar determinadas zonas del cuerpo para embellecerlo de tal modo que al mismo tiempo que dé gusto verlo, la atención no quede por él absorbida, sino que alcance a toda la persona. A.S.

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Por otro lado, en el ámbito de USA Wendy Shalit, publicó el libro: A Return to Modesty: Discovering the Lost Virtue, The Free Press. Nueva York (1999). Y recientemente (2007) The Good Girl Revolution. Información de la autora en su web.

Recogemos un artículo sobre el primer libro de Wendy Shalit de Aurora Pimentel de 1999, publicado en Aceprensa.

El pudor, una respuesta natural
No pocos hombres y más mujeres se quejan hoy de una pérdida de intimidad y de profundidad en las relaciones de pareja. Quizá lo que echamos en falta es algo que naturalmente poseemos, el pudor, y que, como en otros desastres medioambientales, estamos arruinando con una sexualidad expeditiva e irresponsable. Este es el diagnóstico que se atreve a dar una joven estadounidense de 23 años, que en un libro (1) escrito con humor y argumentos expone que la recuperación del pudor puede dar nuevo sabor y atractivo a las relaciones entre hombres y mujeres.
Aunque el análisis que realiza Wendy Shalit –judía, licenciada en filosofía– en A Return to Modesty es aplicable a otras latitudes, hay que hacer alguna precisión. En inglés hay una sola palabra, modesty, para lo que en los idiomas de origen latino hay dos: modestia (en el sentido de humildad) y pudor (para la conducta sexual). Shalit trata sobre todo del segundo aspecto. También hay que tener en cuenta que la igualdad de derechos entre hombre y mujer ha derivado en los Estados Unidos en sorprendentes hábitos. Así en la Universidad a veces ambos sexos comparten no sólo aulas, como es lo lógico, sino cuartos de baño, dormitorios y hasta equipos de lucha libre.
Por otro lado, proliferan campañas de prevención de agresiones sexuales y violencia contra las mujeres. A todo esto se suma la preocupación social que despiertan la anorexia, la bulimia y las depresiones. Shalit sugiere que determinado sentido de la igualdad y el clima de permisividad sexual pueden explicar, aun parcialmente, ciertas claves de estas patologías. Pero este ensayo va más allá: realiza un diagnóstico, indaga en el significado del pudor y la modestia y, por último, traza un mapa de su recuperación.
Todo empieza en la escuela donde la educación sexual se inspira en un nuevo dogma: el sexo es una “asignatura” más, como las matemáticas o el deporte. No se trata sólo de vaciar de contenido ético a la “asignatura”, de concebirla como conocimientos anatómicos y fontanerías varias y dirigirla hacia el control de natalidad, sino, también, de matar el pudor natural que lleva a los niños al cuchicheo, las risas y otros comportamientos que denotan que este tema no es igual que cuando se explica el teorema de Pitágoras. La narración que la autora hace de su primera clase de educación sexual es aterradora, si no fuera por su sentido del humor.
El interés de Wendy Shalit por la modestia nace entonces y se alimenta de diversas fuentes: las costumbres que los judíos ortodoxos mantienen durante el noviazgo, su paso por la universidad y lecturas varias (literatura, filosofía y, también, revistas), sin olvidar sus relaciones de amistad y otras.
La nueva etiqueta sexual
Aunque la liberación sexual predique una conducta desinhibida, ha impuesto un nuevo ritual en las relaciones entre hombre y mujer que Shalit describe así: enrollarse, dejarlo, comprobaciones regulares y “amigos”.
Enrollarse, o sea, tener relaciones sexuales con alguien. No se es novio o se está saliendo con alguien, ni siquiera se es amante (suena hasta literario): uno se ha enrollado, está liado con alguien. Y sucede en la primera cita, en la tercera o sin cita, como colofón o en mitad de una fiesta, un viaje o un encuentro casual. Pero la etiqueta sexual moderna, que demanda naturalidad respecto al lío propio y ajeno, censura no sólo cualquier juicio moral, sino la más mínima implicación emocional. Y lo hace, en el caso de las mujeres, radicalmente. La traducción del inglés de Shalit al castellano apunta a la expresión “estar colgada” y tiene carga peyorativa. Es decir, si ella tiene algún sentimiento o esperanza, deberá negarlo a sí misma y a los demás, salvo pena de ser tachada de tonta o antigua. “Piensa sólo en el momento, no hagas planes”.
Sin compromiso
Porque pasamos a la segunda fase: abandono o ruptura. O sea, desde el simple salir por la puerta hasta la decisión conjunta o unilateralmente resignada de “dejarlo”. Antes, una ruptura tras haber compartido cierta intimidad era un drama; hoy, según Shalit, se dice que es una “experiencia de aprendizaje” y que hay que ser “positivos”.
Pero puede llegar la tercera etapa: las comprobaciones regulares. Es decir, él puede llamar. ¿Para qué? Somos tan educados y modernos que, aunque ya no se esté “liado”, hay que “interesarse” por la otra persona. Y esto es una mentira. Si existió implicación emocional lo último que hace falta, si se ha roto, es saber de la otra persona en ese momento. Y si no existió, ¿para qué llamar? Sí, hay otra posibilidad: liarlo más jugando al enrolle intermitente, con abandonos sucesivos y las comprobaciones oportunas para llegar a la consideración de “amigos”. Wendy concluye: el índice de “bondad” de un hombre se establece ahora en la medida en que sus relaciones con sus ex o “amigas” son “buenas”, o sea, las llama o sigue tratándolas. Esto es lo único que piden algunas mujeres. Pero no se te ocurra sugerir compromiso: eres muy exigente.
Autoestima de verdad
La autora concluye: esto es una farsa pero, sobre todo, lo es para muchas mujeres que quieren, aún tras años de educación sexual y evidente presión social, sentimientos y compromiso. Se ha ridiculizado el deseo –tan deseo y defendible como cualquier otro– de enamorarse, casarse y tener hijos. Se ha machacado el romanticismo y prestado un flaco favor a ambos sexos. Porque, en definitiva, tener un lío es eso, un lío. No hay quien se aclare ni con 15 ni con 40 años, ni unas ni otros. Si cuesta siempre romper con alguien, ¿cómo no va a costar más si se han tenido relaciones sexuales? ¿Por qué hay que controlarse “emocionalmente” y no “sexualmente”? ¿Por qué un pudor sí y el otro no? Estas y otras cuestiones pone la autora sobre la mesa.
Pero, además, la actual educación sexual deja a muchos adolescentes, especialmente a las chicas, no a solas con su libertad y su responsabilidad, sino a la intemperie. Shalit sugiere que lo importante no es sólo que una chica no se quede embarazada o que nadie coja el SIDA. El tema es que no se juegue con los jóvenes, es que lidiamos con sentimientos y más, mucho más. Sí, hay padres que se quedan tranquilos porque su hijo usa condón o porque su hija parece que sale con un buen chico. Pero ¿dónde están esos padres cuando se le rompe el corazón?
Pero hay más: anorexia, bulimia, depresiones, intentos de suicidio, obsesión por el físico. Pocos dicen que el rey está desnudo, hace falta tener 23 años como Shalit. Hoy se dice que si tienes pudor y modestia es que “no estás a gusto con tu cuerpo” o que “has padecido algún tipo de abuso sexual” (literal, es lo que le dicen a la autora). Pero cabe otra posibilidad. Puede suceder que no exista temor o puritanismo en la actitud de las mujeres que no quieren descubrir su cuerpo a la vista de cualquiera, sólo de uno y en un tiempo determinado. Puede ocurrir que modestia signifique amor a una misma, autoestima de verdad.
Quizás estas mujeres son las que están muy contentas de cómo son y no necesitan para afirmar su feminidad que les miren, todos o alguno. Ni siquiera pretenden gustar, quieren ser amadas. Y no están preocupadas por acumular “instrucción” sexual formal o práctica. Hay chicas listas como Wendy que saben perfectamente que un hombre no es una mujer y distinguen los tonos de las miradas masculinas. Sienten cuándo las ven al completo y cuándo por partes. Y por eso se visten de acuerdo a cada ocasión, espacio y tiempo.
Siempre se elige
En la edad adulta no es mejor. Un vistazo a ciertas “literaturas” (2) basta. Pasan los 30, incluso llegan a los 50 y se sienten fatal. Y las dicen que tienen una depresión o que necesitan tratamiento hormonal. Y sí, puede ser, pero además, en algunos casos, hay otra cosa: una mentira. “Para tener hijos hay mucho tiempo”, dicen: no tanto. “Para encontrar a un hombre siempre hay tiempo”, se comenta: no tanto. “Puedes tenerlo todo”, aseguran. No, hay cosas que no se pueden tener a la vez. Y están también las circunstancias y la providencia.
Pero hombres y mujeres elegimos algo, dice Shalit. Y esto no supone volver a que la mujer sólo tenga como objetivo casarse o al cortejo medieval. Significa que no se puede mentir. Las y los demás harán lo que quieran, pero yo también voy a hacer de verdad lo que quiero. E implica diferir algunas satisfacciones por otras a otro plazo, mayores y/o mejores. Y a veces sentirse solo y ridiculizado, que es muy duro. Shalit, con humor, comenta que si las peores aberraciones no avergüenzan a nadie, ¿por qué ella no puede vivir con pudor? Hay que salir del armario.
Pero hay algo más. Ser mujer es concebido hoy como algo que se “hace”, no como una “nace”. Un error que ha llevado a algunas a plantearse su identidad como algo que construir. Y lo que choca a la autora es cómo, en plena liberación de la mujer, son penalizadas socialmente unas actitudes y no otras con el resultado de que el modelo a seguir no es ni siquiera un hombre, sino un “depredador”. Shalit se nutre, como muchas chicas jóvenes, de revistas femeninas donde conviven en perfecta incoherencia reportajes de moda y otros que apelan a que hay que ser mujer “letal” o “fatal” a toda costa, competitiva profesional hasta la muerte y, a la vez, sugestivos consejos sobre cómo luchar contra el acoso sexual y las violaciones.
Violencia y diferencia
La autora se enfrenta a los conservadores que interpretan como histeria feminista la preocupación por el incremento de violencia contra las mujeres. Pero también salda cuentas con ciertos excesos del movimiento feminista.
La lógica de la igualdad ha promovido hoy, en algunos casos, la negación de cualquier diferencia entre los sexos. Así, sugerir que la sexualidad de un hombre es diferente a la de una mujer supone ser tachada de retrógrada o hipócrita, de utilizar un doble estándar moral. Y no es así, alega Shalit. Lo que se indica con ciertas diferencias sexuales es otra cosa. Es constatar que el físico masculino, aunque pueda ser apreciado por una mujer, no juega el mismo papel que el femenino cuando es visto por un hombre. Por eso el Playboy tiene más éxito que el Playgirl, y la prostitución o ciertos espectáculos tienen como clientes más hombres que mujeres. Y otro pequeño dato: sólo las mujeres se quedan embarazadas. Una mujer tiene un cableado biológico y psíquico distinto en materia sexual. Lo cual, concluye la autora, no significa que una mujer no tenga deseo sexual, sino que es distinto en calidad y ritmo.
Por otro lado, la liberación sexual, como algunas feministas ya reconocen, se ha saldado en muchas incoherencias. Hay muchas teorías, pero hoy los chicos ven lo que ven. Para empezar ven que a las chicas se les puede tomar y dejar sin que suponga el menor problema de acuerdo con la nueva etiqueta sexual. Mucho antes de llegar a una agresión, sugiere la autora, es cuando elaboramos todos el mapa del comportamiento. Y es cierto que existe la violación, incluso entre conocidos, hasta entre personas que dicen “querer”. Pero también lo es que el sexo está hoy muy mezclado con la violencia, mucho en cine y televisión, sin mencionar la pornografía. Seguimos también con el tópico, ya ancestral, que juega con la supuesta resistencia de las mujeres como si ésta formara parte del guión. Todo está ahora más confuso que antes en ciertos aspectos, en los estéticos para empezar. Y es también el alcohol, a veces. Y también la ignorancia más supina que dice que hombres y mujeres podemos compartir ciertas “intimidades” sin que pase nada.
Hay también violencia, aunque Shalit no lo dice, en ciertas modas y modos femeninos. La falta de pudor y de modestia de algunas mujeres es una forma de coacción. Una mujer sabe a veces por dónde agarrar a un hombre fácilmente. Y eso es limitar su libertad de alguna manera.
Modestia, restricciones y honor
El mapa de recuperación del pudor implica algo más profundo que renovar el vestuario o las actitudes femeninas. Sí, la modestia sólo es razonable si partimos de la diferencia. Pero la diferencia demanda también otras exigencias en los hombres y en todo el contexto social. Para esto Shalit echa un vistazo al pasado, no tan lejano, del que algo se puede aprender.
Sí, ha habido de todo, siempre. Y antes había chicos sinvergüenzas y pobres chicas que se llevaban todas las maldiciones, lo cual ocurre también ahora. Pero también los hombres antes vivían con una serie de restricciones que impedían a muchos campar a sus anchas como lo hacen ahora: en total impunidad. Antes muchos sabían que a las mujeres había que tratarlas siempre bien, fueran cuales fueran sus pretensiones. Luego sabían que, sin compromiso y más, bastante más, no había nada que hacer en otro sentido con la mayoría de las mujeres. Verdaderos montajes: hay que ver la película El hombre tranquilo en el ámbito irlandés, pero también otros testimonios de culturas y religiones diferentes. Nos hace gracia y la tiene. No, no hay que volver a la chaperona o al casamentero. Porque, como Shalit explica, los hombres no sólo tenían antes restricciones exteriores, había también algo interno y profundo: honor, algo que entra en juego en las relaciones con cualquier mujer.
Es decir, que no es que haya dos tipos de mujeres: las que son buenas –y me lo han demostrado–, y las que no son tan buenas o son las malas oficiales –y con ellas da igual–. Eso último no es honor, salvo que uno sea un gángster. Tiene razón Shalit: hemos pasado de algunos gángsters a muchos hombres que tratan a todas las mujeres fatal, aunque las llamen por teléfono. Honor es también lo que impide que un hombre vaya a determinados espectáculos o a un prostíbulo, que vea una revista o un vídeo erótico o pornográfico. Y esto porque todas las mujeres son dignas, aunque algunas y, sobre todo, muchos, no lo sepan. Y el honor hacía también que antes se hablara con y de mujeres de otra forma, porque por ahí también se empieza.
Shalit señala que la modestia, el pudor, el honor y la educación pueden configurar un mundo más habitable. Y lo dirige primero hacia el compromiso, la familia y la felicidad personal. Sí, toda su argumentación se apoya en la hipótesis de que hombres y mujeres somos distintos en algunos aspectos, que el matrimonio y la familia son importantes personal y socialmente, y que el sexo no es una “asignatura”. Y se atreve a proponer que las relaciones sexuales tienen un contexto propio en el matrimonio, por eso no hay un doble estándar moral en su discurso. Pero además aventura que todo esto tiene una base fundamentalmente antropológica. Aunque utiliza algunos argumentos filosóficos, su fuerza reside en el sentido común que derrocha. Tampoco es una experta en moral ni apela a la religión. Y, por supuesto, habla fundamentalmente desde su experiencia, la de una mujer de 23 años.
El revés del puritanismo
El pudor, tal y como lo presenta Shalit, no es decencia, es una actitud que nace de dentro, un instinto femenino de protección que las culturas tradicionales apoyaban por lo que significaba: no soy un objeto, valoro mi cuerpo, me quiero y quiero que me quieran al completo.
Shalit pasa revista a numerosos testimonios culturales, desde Shakespeare hasta la película Sucedió una noche. La modestia, el honor y la cortesía parten de la diferencia, de la atracción mutua, de saber que amar es más satisfactorio para todos a largo plazo que gustar/se. No, no es puritanismo. Es justo al revés, concluye la autora: discriminar tiempos, espacios y personas construye además un mundo más interesante y bastante más divertido.
Sólo hay que echar un vistazo a quienes tienen ilusiones y son capaces de mantenerlas o renovarlas y a quienes no. Quizás la simple constatación de tanto aburrimiento, inestabilidad emocional y patologías varias sirvan para poner en duda algunos dogmas actuales. Es posible que la contención que implican la modestia, el pudor y la castidad –algo común a muchas civilizaciones– apele fundamentalmente a la sabiduría y a la felicidad. A veces los testimonios están todavía cercanos, son de personas que conocemos. Otras veces, como hace la autora, hay que remitirse más allá.
Sí, es también literatura, teatro, poesía, es realidad y ficción, es sociedad, es historia, es cultura en definitiva: rica, fértil, original y apasionante. Otro pulso, tejido y ritmo daban como resultados formas y fondos que, al cabo de veinte años o cinco siglos desde que fueron creados, nos hacen emocionarnos, reír, pensar, admirar y divertirnos.

(1) Wendy Shalit. A Return to Modesty. Discovering the Lost Virtue. The Free Press. Nueva York (1999). 291 págs.

(2) Como ejemplo, puede citarse en el ámbito español la literatura de Lucía Etxebarría. También resulta ilustrativo el diario de Janet Fielding, sin olvidar, en el ámbito televisivo, a la inefable y pelmaza Ally McBeal.

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4 comentarios Agrega el tuyo »

  1. Hace unos dias me contaban que la palabra virtutus en latin quiere decir fortaleza.Que bonito descubrimiento Sin embargo hay palabras que no solo quedan en deshuso sino que de manera intencional han sido desprovistas de su contenido. Es mas ,se las asocia a “pasado de moda” “antiguo” “convencional”, en todo caso algo a superar. El pudor puede ser el primer glamur. QUE BONITO. Maria CD

  2. well written blog. Im glad that I could find more info on this. thanks

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