Creo en el genio femenino: Maria Antonietta Macciocchi

Publicado el 20/06/2010 ~ 2 comentarios
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Reflexiones sobre el “genio femenino” y el feminismo:  Maria Antonietta Macciocchi.
Dos artículos de la autora recogidos en el libro Las mujeres según Wojtila. Veintinueve claves de la lectura de la MulieresMaria Antonietta Macciocchi dignitatem, Ed. Paulinas 1992, p. 337-345. Estos artículos forman parte del final del libro Un Iter como apéndice.
La Mulieris dignitatem: “Un texto sorprendente” Maria Antonietta Macciocchi. Editorial, en Corriere della Sera (30-9-1988)
El papel de las mujeres en la historia y en la inquieta sociedad que camina hacia el dos mil es el sentido de la carta apostólica de Juan Pablo II sobre la Mulieris dignita­tem. Es un texto sorprendente. ¿Exagero? No creo. Por vez primera, en los dos mil años de cristianismo, un papa escribe un documento apostólico sobre la mujer (parece que, al principio, se iba a tratar de una encíclica). Y lo hace de su propio puño y letra con esa fuerza pasional del estilo que le caracteriza. Abro las elegantes pastas color marfil, con el escudo papal color sepia impreso en lo alto (la editorial más chic del mundo) y me leo de un tirón las 115 páginas que componen el texto, divididas en nueve capítulos (incluidas la introducción y el epilogo) que se desarrollan con rigor intelectual. La mía es una lectura, no de teóloga, es obvio, sino de laica que ha pasado la vida  debatiéndose, como tantas otras mujeres, en medio de las dificultades del existir.
He conocido muy de cerca, y desde su interior, el feminismo, con sus víctimas; con sus inutilidades y también con esa parte de su mensaje que ha quedado enterrado bajo las cenizas después de la gran insurrección que siguió al ’68, para no comprender que en esta carta apostólica hay una respuesta. ¿Sucede hoy al posfeminismo (época de involución) un neofeminismo (de inspiración ecuménica, cristiana) que deja atisbar, entrever a las mujeres, sobre todo europeas, una alianza con el Vaticano y su protección “para la defensa tan actual de los derechos de la mujer”? Puede ser.
El feminismo de los años 70 atacó de frente a la Iglesia como si Roma fuera el punto de apoyo de Arquímedes para hacer caer la inferioridad femenina en la sociedad. Era un blanco dudoso.
Y, sin embargo, sin la rabia y la locura del feminismo ¿sería posible imaginar una proclamación tan firme como la que hace el papa en defensa de las mujeres y, sin ro­deos, de su genio? No es casualidad que en la introducción recuerde, precisamente en torno a aquellos años, el concilio Vaticano II, donde afirmaba que “la mujer… adquiere en la sociedad una influencia… una irradiación que hasta ahora no había nunca alcanzado”.
Wojtyla pone en escena a las mujeres del evangelio y las hace moverse como en un drama, escogiendo episodios y diálogos. Hoy, en el ocaso de la ideología marxista que modeló a la falsa Eva de la milicia política, pero también en el descubrimiento de la dinámica del inconsciente, ese documento posee una actualidad singular que desconcierta a algunos (como yo), que incomoda a otros (machistas, eclesiásticos, laicos mojigatos, a otras mujeres, quizás). Sus referencias constantes al “misterio de la mujer” ¿acaso no introducen nuevamente al Freud del “continente negro” (continente inexplorado de la feminidad) que fue después también el eje del pensamiento de Lacan?
Un razonamiento concéntrico, casi desplegado en espiral (según el estilo de Von Balthasar), domina cada uno de los siete capítulos centrales, donde el profesor de moral de la Universidad de Lublin que fue Wojtyla, hace uso de los modernos instrumentos de la sociología y la antropología, para llegar a demostrar, casi con obstinación, la misma tesis: la dignidad superior de “lo que es característico de las mujeres”, de “lo que es femenino”. La unidad de los dos, concepto que Wojtyla desmenuza con finura teológica, reside en la igualdad fundamental (también en el matrimonio) y responde explícitamente a la reivindicación femenina-feminista de echar abajo “cualquier discriminación de las mujeres”.
La ausencia total de moralismos y de advertencias pedantes, una especie de disposición amorosa que guía al texto (nos recuerda a Amore e responsabilità, obra juvenil), demuestran la validez de la idea de François Dolto, la célebre analista francesa, muerta hace un mes, que ha psicoanalizado el evangelio: “Jesús arrastra hacia el deseo y no hacia una moral”.
Todas las mujeres de Jesús, en un capitulo precioso, el V, están convocadas: esta la madre en las bodas de Cana, la pasión amorosa de la Magdalena, la sed de agua divina de la samaritana, la misoginia contra la adúltera, la generosidad del don en el perfume de la mujer de Betania. “Las mujeres son los primeros testigos de la resurrección llamadas a anunciarla a los apóstoles”, anota Juan Pablo II. Y en cambio, ellos “se sorprendieron de que Jesús estuviese hablando con una mujer” (Jn 4,27), es la estupenda cita escogida.
(Un Flash de la memoria: cuando visite al papa en Castelgandolfo, por mi libro sobre Europa Di là dalle porte di bronzo, ¿se impacientaba su alto sequito a las puertas del salón, “se sorprendían” o se agitaban por aquel “santo desdén” que Wojtyla comenta irónicamente?).
Cristo nos parece violento contra los escribas, fariseos, contra los que repudian a sus mujeres, que lapidarían a las adúlteras, los misóginos que le acusan de derrochar, de mentir, de confabular (incluidos, a veces, los apóstoles); y viceversa, su relación aparece tanto más inefable con estas mujeres, interlocutoras privilegiadas. Desde María, que abre las páginas del evangelio, hasta la Magdalena que las cierra, especie de Alfa y Omega en femenino del Libro, Wojtyla deja surgir una luminosa estela de connivencia, de complicidad, de insensata confianza entre el hombre de Nazaret y las mujeres con que se cruza.
La igualdad esencial entre los dos sexos reside en el hecho de que este papa establece su génesis mediante las palabras: “… profetizaran vuestros hijos y vuestras hijas” (He 2,17). En definitiva, para la mujer no hay límites. También en episodios conocidísimos como el de la Virgen que responde al ángel con el fiat, se puede atisbar que la mujer no está dando solamente prueba de obediencia, sino también de autonomía de decisión. María no consulta a nadie. Jesús pregunta; todos los demás, el “partido”, el poder, consultan a la sociedad masculina. Ella toma sola sus decisiones (se convierte en profeta).
Yo diría que la mirada de Wojtyla se convierte en espejo para una “nueva criatura” (2Cor 5,17), incitándola al orgullo de la feminidad (palabra que sale una y otra vez de su pluma).
El papa da la vuelta a muchas inferioridades antiguas y a culpas originales. En el capitulo Eva-María (binomio insólito) afirma que no fue Eva la primera que pecó, porque “el primer pecado es un pecado del hombre, creado por Dios varón y mujer”. Como madre, la mujer “posee una anterioridad especifica respecto del hombre”. En cuanto a la educación de los hijos, Wojtyla valora el papel materno como “decisivo para los cimientos de una nueva personalidad humana”. En contra de la “mujer-objeto” (tan perseguida en vano por el feminismo), Wojtyla ve la tentación incluso en el marido, cuando esté ignorando la finalidad y el universo de la mujer que tiene a su lado y la convierta en un objeto de poder. En el matrimonio (esta es la novedad evangélica) ya no hay dominio del hombre, sino una sumisión reciproca. La identidad femenina reside en la apropiación de la conciencia del propio valor sin masculinizarse.
Lo que más me asombra es cómo la indiscreción de la prensa haya distorsionado su valor positivo, por medio del no al sacerdocio de las mujeres (MD 26). Comentadores viriles se indignan por la misoginia de Wojtyla. La super-mujer tiene que ser también cura u obispo. Como si fuera esta la ultima meta de la emancipación de las mujeres; y no una nueva sumisión a una durísima jerarquía, la eclesial, dominada por el “abuso machista”.
Wojtyla se dirige, en cambio, a todas las mujeres. La obra gira hacia su disolución con el sorprendente agradecimiento del Epilogo por todas las manifestaciones del “genio femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones”.
Las polémicas en Italia: ¿pero cree Wojtyla en las mujeres? Maria Antonietta Macciocchi. Artículo en la revista Amica (21-11-1988)
Navegábamos por el estuario del posfeminismo con las velas flojas. La carta apostólica del papa Wojtyla sobre la dignidad de la mujer suscita de nuevo la discusión en Europa. Especie de manifiesto en favor de un neofeminismo (de inspiración cristiana y ecuménica) ha hecho reverdecer el prado seco de los debates. En Madrid, en Paris, en Estrasburgo, en Bruselas, cruzando estos días nuestros parajes europeos, siempre he encontrado un eco atento de esta carta en los artículos y en los debates de teólogas feministas, renombrados periodistas. Jacques Julliard en L’Observateur titula su editorial: ¡Qué bien habla Juan Pa­blo II de las mujeres! Esta es la voz más común sobre el telón de fondo de una reflexión histórica: un texto como este no puede tener tras de sí solo un verano de trabajo en Castelgandolfo, sino cuarenta años de experiencia, de reflexión, de impactos y de enseñanza de un pastor polaco en la frontera entre el ateísmo y la fe, en el punto de choque de las ideologías más duras, entre fascismo y estalinismo. Entre la falsa Eva revolucionaria y sierva de los faraones del marxismo. “Aquí tengo yo mi koljoz”, desafío a Stalin en público una campesina viuda, que había tenido siete hijos, levantándose las faldas como en una película de Buñuel. No sabemos cómo terminaría esta mujer. Aunque Stalin, después de convencerla a trabajar en el Koljoz, le dedico un discursito para perdonarla.
Por otro lado había tenido lugar el nazismo, con sus Lebesborn, clínicas donde las jóvenes, “para dar un hijo al Führer” se acostaban con las SS, para engendrar un ario perfecto. El niño se llamaba SS-Kind y una ceremonia nazi ocupaba el lugar del bautismo. Finalmente, en la posguerra intervino la ideología democrática, el socialismo, y exploto la sed feminista de igualdad, que se mostró exasperada, pero que fue puntualmente absorbida. El Ti­tanic del feminismo después del ’68 había naufragado contra los hielos engañosos de la sociedad civil y política que se defendía con uñas y dientes. Fracaso de la salida en el interior del movimiento, en el apartheid de las mujeres, aislamiento, identificación de la mujer con el propio sexo, como propiedad privada de una fábrica de humanos (“mi útero es solo mío y yo decido que hacer con el”). “Pero ¿cómo vivir, no solo sin Dios, sino sin el hombre?”, resumió aquellos años, la semióloga Julia Kristeva, en una hermosa frase de acero. Entonces, yo respondía en mi libro Le donne e i loro padroni: “No sé, pero estoy segura de que se abrirán otros caminos insospechados”. No sabía que estaba en lo cierto.
Vuelvo a la Europa de estos días. La imagen sigue siendo nítida: en la noche de Estrasburgo, con la luna redonda, como colgada de un hilo, bajo la carpa del Centro de Prensa, donde nos agolpamos (la prensa acudió deprisa para el discurso de Wojtyla en el Parlamento europeo), nos enzarzamos en un caluroso debate en torno a una radio francesa, con un periodista de Le Figaro y otros invitados, alemanes, belgas. Después tuvimos otra discusión acerca de la Carta en Paris, en Radio Notre Dame, del arzobispado de Paris regido por el gran intelectual, cardenal Lustiger, con filósofas laicas e historiadoras (como Regine Pernoud). Una actriz rubia, Brigitte Fossay (conocida estrella del cine y del teatro) en una entrevista en el Journal de Dimanche, publicada en primera página, expresa su acuerdo argumentado porque Juan Pablo II, después de tanto dominio del hombre sobre la historia, acepta finalmente a las mujeres que trabajan, las anima, exalta su ingenio además de sublimar su maternidad.
Estrasburgo-Paris. No solo en la FNAC de Estrasburgo, sino también en la parisina Librería de las Mujeres (regentada por Antoinette Fouques), que fue la punta de diaman­te de la revolución en los años ’70, encuentro expuesta la carta en el escaparate, reimpresa, con unas tapas coloradas, por una casa editorial laica, Le Centurion.
En España, el 23 de octubre TVE transmite un buen documental de Ángel Gómez con motivo del décimo aniversario de este pontificado: una hora de transmisión en la cadena estatal, donde Mulieris dignitatem ocupa un puesto de honor, una especie de broche.
En los debates he constatado que la “reivindicación” de la ordenación sacerdotal de las mujeres se ha desinflado como un globo pinchado. Parece un asunto de comentadores masculinos (Baget Bozzo, Biagi, Forcella… etc.). ¿Una burla? ¿Por simpatía? En este segundo caso, ¿no sería mejor pedir que puedan llegar a la presidencia de las comisiones de Bruselas, de los ministros, o de los diarios y las cadenas de televisión, más que a la dirección de una diócesis? Es cierto, un episcopado femenino plantea menos problemas a una Europa donde el poder de decisión se concentra en manos masculinas, con la llamativa confirmación del Este, donde en la perestroika de Gorbachov el único rostro fe­menino que se nos enseña es el de Raisa, la “zarina de la glasnost” socialista.
En Italia, aparte los comentarios serios de los especialistas en revistas (y la convención de la revista Progetto Donna, el pasado 5 de noviembre en Milán) parece que la prensa periódica haya sido presa de la envidia. Se trataría de una trampa. Un papa es digno de crédito cuando es misógino y considera a la mujer un emisario del diablo. Pero hablar de “ella” como de un “ser radiante” y exaltar el asombro de Adán frente a Eva como “admiración y encanto que atraviesa toda la historia del hombre sobre la tierra”, por parte de un papa, aquí hay gato encerrado, tiene que indicar un peligro. Los que definiría como laicos beatos (tipo Enzo Forcella, en Epoca) escriben que con mi comentario a la carta (Corriere della Sera, 30 de septiembre de 1988), y concediendo a este documento una dimensión histórica, me habría llevado un “planchazo”. Una vez mas Epoca (que titula con gusto discutible su artículo sobre la dignidad: “¿Virgen, madre o meretriz?”) evoca la “turbación del macho”, porque si “la teología no es asunto nuestro, el sexo sí”.
¿Por qué tanta ira? ¿Quien tiene miedo a Wojtyla? Yo vería tres motivos (y no solo en el mundo laico). Un ma­chismo herido, que ya había archivado felizmente cualquier feminismo rival.
Un enorme problema de defensa social de las mujeres que se arriesga a irrumpir en las polvorientas estructuras europeas, para que se acepte la igualdad en la diferencia. Un abismo cultural se abre bajo los pies, no solo de quienes no están preparados intelectualmente, sino también de la clase política que, por su parte, se había desentendido del problema. Hay además ciertas comentadoras que definiré “las mamachicho” del feminismo, que se enfadan y se revuelven porque Wojtyla reconoce la dignidad de las mujeres y de su pensamiento, el genio de la mujer.
Yo creo que queremos lloriquear toda la vida por la falta de dignidad, para quedarnos ahí como piedras o protegidas como por la placenta materna. Acaso no he tenido más medios que ellas, pero si más suerte. También porque he estudiado la misoginia que existe incluso dentro de la Iglesia, y he escrito sobre ello, y se apreciar el giro novedoso de Wojtyla. El pide más “poder femenino”, sin que las mujeres tengan que imitar al hombre, con la conciencia de superioridad de “lo que es femenino”. Herbert Marcuse, el filosofo de Berkeley, teórico del ’68, con quien pude conversar en la Universidad de Vincennes en 1975 (véase mi libro Dalla Francia), no hablaba de modo diferente de este papa, identificando el papel primario y fantástico de las cualidades femeninas sobre el “hombre unidimensional”.
Después de la involución del maoísmo nació el angelismo (sublimación de la mujer, como en Wojtyla) de la pluma de jóvenes feministas como Annie Leclerc. La analista Luce Irigaray dice que si “Dios es el espejo del hombre”, no hay espejo que refleje a la mujer como “mujer divina”. Yo diría que Wojtyla se convierte en espejo para esta “criatura nueva”, como él la llama. El feminismo no está hecho a base de los “gritos de las ocas”, todavía contentas de salvar el Capitolio. En su origen, hay un estudio y conocimiento del pensamiento femenino y feminista, del que Wojtyla parece convertirse en interlocutor, heredando a contraluz algunas de sus instancias.
Me siento más afortunada que las demás, insisto, por­que en contra de todas las previsiones catastróficas, Juan Pablo II me recibió en Castelgandolfo y me hablo de la unidad europea desde el Este hasta el Oeste, para que pudiera escribir sobre ello en mi libro, Di là dalle porte di bronzo (titulo que se cambio en 1989 por La donna con la valigia). Y afortunada, en definitiva, quizás porque la revelación del “feminismo” de Wojtyla, que los comentaristas varones, a veces también eclesiásticos, se empeñan en ver asociado exclusivamente con la mujer madre para destruir toda la originalidad del documento, me vino por una frase suya, en aquel momento enigmática para mí, cuando me recibió en el Vaticano para ofrecerle mi volumen.
Fue así. Me estaba disculpando ante él por “la fragilidad y las emociones femeniles” (de las que en aquellos días me acusaban los críticos), cuando me respondió, claro: “Creo en el genio de las mujeres”. Ante el estaba una intelectual y sobre su escritorio un trabajo de cuatrocientas páginas. Está claro, ¿no? Vuelvo a encontrar esta convicción en la carta, que magnifica el genio femenino en la historia, invitando a las mujeres de hoy a hacerse de nuevo con la “otra mitad del cielo”, de la que ha sido siempre expulsada, como Eva, rehabilitada hoy por él. Y desde Eva todo vuelve a comenzar, como ya se sabe.

—o—

Como texto complementario unas pocas páginas encontradas en la red del epílogo del libro: La revolución silenciosa, Jesús Trillo-Figueroa Conde.
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  1. Il semble que vous soyez un expert dans ce domaine, vos remarques sont tres interessantes, merci. Daniel

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