Edit Stein -Alma femenina

Publicado el 22/09/2012 ~ 3 comentarios
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EL ALMA FEMENINA (Edit Stein)

Extracto de La mujer. Su naturaleza y misión. Ed. Monte Carmelo, 1998, p. 82-94 (nota: este escrito se publicó en 1932, en la revista Die Christliche Frau, como resultado de una conferencia dada en Munich en la semana de Pascua de 1931. La totalidad de este escrito es central para comprender sus reflexiones sobre la “diferenciación” entre los dos sexos: distinción y complementariedad entre hombre y mujer).
¿Se puede hablar en general del alma de la mujer? Si cada alma humana es única y ninguna es igual a otra, ¿cómo se puede hablar de ella en general? El caso es que la psicología trata casi siempre del alma de la perso­na humana, no de esta o de aquella persona, trabaja sobre rasgos y leyes generales, y cuando —como es el caso de la psicología diferencial— se limita a diferencias, no es a individuos concretos a quien se refiere, sino a tipos generales: el alma del niño, del adolescente, del hombre maduro, del trabajador, del artista, etc.; también el alma del varón y de la mujer. Por otra parte, a los que han reflexionado científicamente sobre esto, siempre les ha parecido más problemática la comprensibilidad del individuo que la de la generalidad.
Ahora bien, si queremos considerar también las individualidades, ¿hay entonces un tipo de mujer? ¿Hay en el tipo de mujer que aparece en las Campanas de Schiller o en el Amor y vida de Mujeres de Chamisso, y en las imágenes que nos presentan Zola, Strindberg, Wedekind, algo general por descubrir? ¿Es posible, partiendo de la múltiple variedad de tipos de mujer que encontramos en la vida, llegar a una unidad, que se distinga del alma del varón? No es este el lugar para aportar la prueba filosófica de que en el terreno del ser hay algo que podríamos denominar especie del alma de la mujer, y que hay una función cognoscitiva especifica capaz de percibirlo. Quizá sea más iluminador, en vez de comenzar perfilando esta imagen general específica, mostrar una serie de tipos – lo más diferentes posible – y luego intentar encontrar en ellos los rasgos universales de la mujer. Puesto que la diferenciación y descripción de las almas es una función específicamente literaria, tomo los tipos de la literatura a los que atribuyo un especial valor simbólico.
Ingunn, hija de Steinfinns, del Olaf Audunssohn de Sigrid Undset. La novela nos lleva a una época muy remota y a una tierra lejana, con una cultura completa-mente extraña a la nuestra. Ingunn crece en una granja nórdica de la edad media, sin mucha vigilancia ni educación. De niña se enamora de Olaf, que ha crecido junto a ella como hermano adoptivo. Con él y sus amigos vaga por todas partes, no realiza ninguna actividad regulada, ni conoce disciplina alguna, externa o interna, que ilumine su voluntad. Como los niños no tienen ningún otro apoyo, se ayudan mutuamente. Cuando llegan a los 15 y 16 anos, se despierta en ellos el deseo y en la primera ocasión sucumben a la tentación. Desde entonces un insaciable deseo acompaña toda la vida de Ingunn. Ella y Olaf se consideran, según el derecho eclesiástico, unidos indisolublemente el uno al otro. Pero la familia se opone al matrimonio y durante años separan al uno del otro. La vida del joven se va llenando con las batallas en tierras lejanas, con muchas experiencias y aspiraciones. La joven busca en los sueños la compensación a la felicidad perdida, a la vez que fuertes padecimientos histéricos le impiden a veces toda actividad externa. Como todo su anhelo está centrado en Olaf, termina cayendo en las manos de un seductor. Pero el conocimiento de su falta irrumpe en esta sombría existencia, como una luz venida de otro mundo, se escapa y rompe el lazo pecaminoso. Olaf vuelve a la patria y, tras escuchar la confesión de la falta, no se siente autorizado a romper el lazo sagrado. Se la lleva como esposa a su finca y educa al niño como a su heredero. Pero la anhelada felicidad tampoco llega ahora. Ingunn esta oprimida por el sentimiento de culpa y trae al mundo muerto un niño tras otro. Mientras mas sensación tiene de ser la desdicha de su esposo, mas se apega a él, con más vehemencia desea las pruebas de su amor. Y Olaf las da, como siempre lo ha hecho, aun-que ella se va consumiendo mientras se le agotan las fuerzas. Lleva durante anos esta pena sin quejarse; la acepta calladamente como expiación. Un poco antes de morir Ingunn, le entra al marido la sospecha de que en esta alma ha habitado algo más que una dependencia sombría, como de animal, que allí ha habido un rayo divino al que le ha faltado solo alimentarlo con la inteligencia de un mundo más elevado, que como no ha llegado a ser realidad, no ha podido transformar su vida. El siempre siguió literalmente las palabras del Apóstol: “Los maridos deben amar a sus esposas como a su cuerpo” (Ef. 5,28). Y por eso se habían arruinado dos vidas.
Como en otros lugares de la obra de Sigrid Undset, dos mundos, o mejor dos mundos prehistóricos, se oponen frontalmente: lo bronco e instintivo en cuanto caos originario, y el espíritu de Dios sobre los seres. El alma de esta hija de la naturaleza es como un campo sobre el que nunca ha pasado el arado. Hay en ella semillas fértiles, y la vida con movimiento trémulo es llevada a ellas por el rayo de luz de más allá de las nubes. Pero los duros terrones deberán ser roturados para que dichas semillas pudieran germinar.
Nora de Ibsen. No se trata de una mujer primitiva, sino de una mujer que ha crecido en un medio moderno de cultura. Su entendimiento es despierto, aunque no está formado sistemáticamente ni tampoco su voluntad lo está. Ha sido la muñeca consentida de su padre y ahora lo es de su marido; sus hijos, a su vez, son sus muñecos. As lo dice ella misma con aguda autocritica, cuando se le abren los ojos. La niña mimada ha de tomar decisiones para las que no está preparada de ninguna manera. Su esposo enferma gravemente y le faltan medios para el viaje que puede darle la salud; no puede pedírselos a su padre porque también está enfermo. Así que firma ella misma una letra de cambio con el nombre de él. Su conciencia no le remuerde por esto, al contrario, se siente orgullosa de su acción, gracias a la cual su esposo recobra la salud. Pero, como sabe que para su honrado abogado, lo que ha hecho no es correcto, se lo oculta. Y cuando el acreedor, forzado hasta el extremo por su propia necesidad, amenace con revelarlo todo, no será el miedo ante la censura de su esposo, lo que hace que llegue a pensar en la decisión desesperada para huir de la vida. Teme (y al mismo tiempo espera) algo completamente diferente: que ahora se produzca “el milagro” de que su esposo, por su gran amor, tome sobre si la culpa de ella.  Pero sucede algo totalmente diverso; Robert Helmer dicta un juicio moral condenatorio contra su mujer; ya no es digna de educar a los hijos de él. En el desencanto de este momento Nora se conoce a sí misma y al, y descubre el vaco de esta vida común, que no merece el nombre de matrimonio. Cuando, más adelante, al desaparecer el peligro de escándalo, él  bondadosamente, quiera perdonarlo todo y empezar de nuevo, será ella la que no pueda volverse atrás. Ahora sabe que debe ser primero persona antes de intentar ser nuevamente madre y esposa. Y lo mismo Robert Helmer, antes de ser una figura social, debe ser persona; solo así podrán llegar a ser, viviendo en común, un matrimonio.
Ifigenia de Goethe. En la más temprana juventud un extraño destino la arrebata del círculo de sus amados padres y hermanos y la lleva a un bárbaro país extranjero. La mano de los dioses la salva de una muerte segura y la consagra al servicio sagrado en la quietud del templo. La misteriosa sacerdotisa es honrada igual que una santa. Pero su corazón no se acostumbra. Siempre anhela el regreso a su patria, a los suyos. Declina la petición del rey, para que ello no le impida regresar a su patria. Conforme a una antigua costumbre del país —hasta ahora derogada por no haberse dado el caso— es castigada por su negativa a sacrificar a la diosa dos extranjeros que acaban de ser encontrados en la playa. Son griegos y uno de ellos su hermano. Su anhelo de ver, siquiera por una vez, a uno de los suyos, se ha realizado. Pero el estar manchado por el asesinato de su madre, atormentado hasta la locura por el sentimiento de culpa, y ahora destinado a la muerte a manos de su hermana Ifigenia. La antigua maldición de su casa, de la cual parecía estar ahora libre, amenaza también con cumplirse en ella. Ante la disyuntiva de salvar por la mentira y el engaño a su hermano, a su amigo y a sí misma, o abandonarlo todo a la ruina, cree en un primer momento que debe elegir el “mal menor”. Pero su alma pura no soporta la falsedad y la infidelidad y se resiste a esa decisión como una naturaleza sana a los gérmenes de un tumor maligno. Así pues, confiando en la veracidad de los dioses y en la nobleza del rey, le revela su plan de huida y obtiene como gracia la vuelta a su patria para los condenados. Su hermano es además sanado por su oración. Ahora le queda llevar a la antigua casa real la paz y la reconciliación con los dioses.
Antes de ir más adelante y buscar elementos comunes en estos tres tipos de mujer, es necesario reflexionar un poco sobre la veracidad de dichos tipos. ¿No estamos ante una simple creación de fantasía poética? ¿Con que derecho, entonces, podemos utilizarlos para obtener un conocimiento de una existencia psicológica real? Para solucionar esta dificultad tenemos que aclarar en primer lugar lo que el espíritu poético creador ha pretendido decir en cada caso.
En Sigrid Undset nadie puede llegar a pensar que se trata de I’art pour I’art. Su obra poética es claramente una confesión. Se tiene, con certeza, la impresión de que la autora se ve como obligada a decir fuera lo que le oprime por dentro como una realidad brutal. Y creo que quien contemple la vida tan sincera y sobriamente como ella, no podrá objetar nada contra los tipos reales de mujer que ofrece, aunque, eso sí, los haya escogido con cierta intencionalidad. En dicha intencionalidad aparece con claridad una tendencia determinada: poner de relieve el instinto animal en oposición al idealismo engañoso, y el intelectualismo exagerado frente a lo terrenal.
Nora esta descrita por un hombre, que se ha puesto enteramente en la perspectiva de la mujer, que ha hecho suya la causa de la mujer y del movimiento feminista. Desde este punto de vista escoge a su heroína – la escoge y describe con agudo análisis -; no la piensa simplemente de modo arbitrario, sino que la imagina de manera inteligente. La fuerza y contundencia en su manera de pensar y actuar, tras su crecimiento interior, pueden sor-prender si se tiene en cuenta su modo de actuar anterior; pueden, incluso, no ser lo habitual, pero en todo caso, no es ni inverosímil ni completamente imposible.
La clásica línea argumental de Goethe, la sencilla grandeza y la exaltada sencillez de su nobilísima figura femenina puede parecer a los hombres modernos muy lejos de la realidad. Y ciertamente tenemos delante una idealización, pero, en ningún caso, una invención de la fantasía; se trata de una imagen tomada de la vida misma, que se contempla, experimenta y se pone de relieve como un ideal. Lo que el excelso artista concibe como humanidad pura (reine Menschlichkeit) y al mismo tiempo como eterno femenino (Ewig-Weibliches), lo ha sacado de si, libre de toda mirada tendenciosa. Y nos lo describe como solo puede describirse lo completamente puro y digno de eternidad.
Esto es suficiente acerca de la realidad los tipos elegidos. Ahora, ¿podemos sacar algo común a estas tres figuras, nacidas en lugares tan diferentes (tanto por el medio poético utilizado, como por la época y personalidad de sus escritores)? ¿Hay algo en común entre la criatura primitiva cuya alma no ha formado ninguna mano educadora; la muñeca de salón cuya evolución fue reprimida artificialmente en una sociedad supe civilizada, pero que conservo el instinto lo suficientemente sano como para liberarse de las redes y tomar en sus manos la libre formación de sí misma; y la santa, a la que, en un ámbito sagrado, la relación sobrenatural con la divinidad la ha iluminado con una luz sobre y mas allá de lo natu­ral? Encuentro en todas un rasgo esencial común: un anhelo de dar y recibir amor y con él una ansia de elevarse de la estrechez de su ser real presente a un ser y un obrar más elevados.
Lo que Ingunn suena para su vida es vivir en una gran finca al lado de Olaf y tener muchos hijos. La apatía de su esencia no le permite soñar otro horizonte para su ser, ni siquiera pensar en su propia realidad para cambiarla un poco. Al final, como única realización posible, viene la unión exterior con el esposo, la proximidad cor­poral y la ternura a la que se aferra y lo que con toda su energía se asegura. La ansiada felicidad no la encuentra en esto, pero como ella no conoce otro camino para encontrarla o para buscarla, se queda con lo que tiene.
La vida real de Nora, oculta tras su ser de muñeca y de la que ni siquiera es consciente, consiste en esperar lo milagroso, es decir, el fin de su existencia de muñeca y el nacimiento del gran amor, y con él, de su verdadero ser junto a su esposo y junto a sí misma. Y ya que en su vida nada sucede, y que detrás de la máscara social parece que no hay nada, quiere saber por los menos buscar por sí misma, hacia sí misma, abriéndose camino a través de su propio ser.
En Ifigenia no vale el abrirse camino hacia su verda­dero ser, porque ella ya lo ha alcanzado; tiene abierto el camino hacia la más alta humanidad, solo debe comprobarlo y dar lugar para alcanzarlo de manera adecuada. Su anhelo es el deseo de que el ser para el que maduro sea de hecho amor redentor, que es su destine.
¿Hemos descrito con esto el alma femenina en su núcleo? Gustosamente podríamos proponer muchos más tipos de mujer; pero creo que, cuantos tipos haya, todos tienen esta base común: llegar a ser lo que deben ser: despertar la propia humanidad que duerme en ellas, en la forma particular que les es requerida, hasta alcanzar un desarrollo lo más perfecto y maduro posible. Y todo para que alcance su plenitud en la unión amorosa, que desata fructuosamente este proceso de maduración y al mismo tiempo anima y estimula a otros en orden a su ple­nitud. Este es el anhelo femenino, mucho más profundo que los más variados disfraces, deformaciones y degeneraciones que puedan aparecer. Esto responde, como más ampliamente se va a demostrar, al destino eterno de la mujer. Y debe demostrarse que este es específicamente femenino y no solo humano, por oposición al modo específicamente masculino.
La inclinación del varón tiende más a la obra externa, a la acción, actividad y prestación objetivas, que directamente al ser personal, el propio y el de los demás. Naturalmente, no hay que separar ambas necesidades. El alma humana como tal no es un ente ya hecho, estático. Su ser es un quehacer, en el que las energías que trae al mundo como proyectos germinantes deben alcan­zar su desarrollo: pero a este desarrollo solo llegan mediante la acción. Por eso puede la mujer acercarse lo más posible al desarrollo de la personalidad que desea si pone en acción sus capacidades. Del mismo modo el varón, aunque no se lo proponga como meta, realiza su ser personal, si se esfuerza por hacer su trabajo profesionalmente.
En sus rasgos fundamental, la estructura del alma es en ambos casos la misma: el alma está inmersa en un cuerpo de cuya fuerza y salud dependen su propia fuerza y salud —aunque no solo y absolutamente—; el cuer­po, por otra parte, llega a ser gracias a ella como su cuer­po —vida, movimiento, forma y figura, así como sentido espiritual—; sobre la base de la sensibilidad, que es tanto realidad corporal como espiritual, se abre un mundo espiritual mediante la actividad intelectual para explorar el mundo y mediante la voluntad creadora y transformante para trasformar el mundo; como emoción acoge interiormente este mundo y dialoga con él.
Pero la medida y la relación de estas fuerzas son muy diferentes en los individuos y también se distinguen específicamente en el hombre y en la mujer.
Quisiera pensar que la relación del alma y del cuer­po no es completamente igual, que la unión en el cuerpo de manera natural es en la mujer generalmente más profunda. (Quisiera subrayar “manera natural”, pues existe -—como ya alguna vez he señalado— la posibilidad de una emancipación progresiva del alma respecto al cuer­po, que de manera admirable parece realizarse por lo común mas ligeramente). Me parece que el alma femenina vive más fuertemente en todas las partes del cuerpo y está presente y se encuentra en el interior de todo lo que le sucede, mientras que en el hombre, cuyo cuerpo es más fuerte, tiene el carácter de instrumento de trabajo que le sirve en su actividad y que lleva una lejanía de sí. Esto concuerda con el destino de la mujer a la maternidad. La tarea de recibir dentro de sí a un ser vivo que se hace y crece, de albergarlo y nutrirlo, condiciona una cierta determinación en sí misma y el proceso misterioso de la formación de una nueva criatura en el organismo materno es una unidad tan intima de lo anémico y corpo­ral, que se entiende bien que esta unidad pertenece a la impresión de toda la naturaleza femenina. Pero aquí aparece un peligro. Si el orden correcto y natural entre el alma y el cuerpo debe afirmarse (es decir el orden, como corresponde a una naturaleza incorrupta), entonces debe tocarle en suerte la necesaria nutrición, cuidado y ejercicio, que condiciona sin contratiempo una función del organismo. Mientras más se le concede, y esto corresponde a una naturaleza corrupta, mas desea y esto sucede a costa del alma, de su ser espiritual; en vez de dominarlo y espiritualizarlo, ella se hunde en él, y el pierde, de acuerdo con su carácter como cuerpo humano. Mientras más intima es la relación del alma y del cuerpo, mas grande será el peligro del hundimiento (cierto, por otra parte, también la posibilidad de que el alma lo penetre).
Si consideramos igualmente la relación de las potencias espirituales, entonces se reclaman mutuamente y una no puede estar sin la otra. Es necesario cierto conocimiento intelectual de las cosas para recibirlas con el sentimiento y arreglarse con ellas interiormente; los movimientos del sentimiento son los resortes de la voluntad; por otra parte es cosa de la voluntad regular la inteligencia y la vida de los sentimientos. Pero las potencias de ninguna manera son participadas y desarrolladas igualmente. El empeño del varón preferentemente será efectivo en el conocimiento y en la actividad creativa. La fuerza de la mujer está en la vida de los sentimientos. Esto está de acuerdo con su actitud hacia el mismo ser personal. Entonces el alma por medio de los movimien­tos y las disposiciones del sentimiento percibe su propio ser. Por los sentimientos llega a conocer lo que es y cómo es; y también capta a través de ellos la relación de otro ser hacia el suyo y, por consiguiente, el significado del valor inherente y el valor de las cosas fuera de ella, de las personas extrañas e imágenes no personales. El órgano para la concepción del ente en su totalidad y en su peculiaridad esta en el centra de su ser y condiciona a aquella aspiración a desarrollarse hasta la totalidad y a ayudar a los demás a su correspondiente desarrollo que hemos encontrado antes como característica del alma femenina. Por eso esta ella mejor protegida que el hombre por la naturaleza contra la actividad unilateral y el desarrollo de sus potencias, pero, por otra parte, menos inclinada a los esfuerzos máximos en el terreno de las cosas que siempre con concentración unilateral se logran con todo el esfuerzo anímico, y expuestas a un peligro más fuerte de fragmentación. Entonces está presente también la unilateralidad a la que por naturaleza se inclina, algo especialmente peligroso: la formación unilateral del sentimiento.
Le hemos reconocido al sentimiento una gran importancia en la estructura total del ser anímico. Tiene una función cognoscitiva esencial, ya que es el punto central en que la recepción del ente cambia en toma de position, en acción. Por esto no puede ejecutar su tarea sin la colaboración del entendimiento y de la voluntad. Esto no sucede sin el trabajo previo del entendimiento en la acti­vidad del conocimiento. El entendimiento es la luz que le ilumina el camino, y sin esa luz el sentimiento vacila constantemente; si el sentimiento prevalece sobre la inteligencia puede oscurecer su luz e inducir a una deformación de la imagen total del mundo así como de una cosa particular o de los acontecimientos e impulsar a la volun­tad a una practica errónea. Sus propios movimientos necesitan del control del entendimiento y de la dirección a través de la voluntad. A la voluntad no le viene indudablemente ningún poder absoluto para despertar movimientos del sentimiento u oprimirlos; pero le toca enton­ces a su libertad dejar que actúen o restringir los movi­mientos que se levantan. Alii donde fallan la educación del entendimiento y la disciplina de la voluntad, la vida de los sentimientos será un impulso sin firme dirección. Y como siempre necesita de cualquier estimulo para su actividad, cae bajo la dirección de la sensualidad, si le falta la dirección a través de las fuerzas más elevadas del espíritu. Entonces llega al hundimiento de la vida anímica en lo sensual-animal, que le proporciona la fuerte conexión con el cuerpo.
Solo podrá crecer el alma femenina hacia su ser correspondiente, cuando sus potencias llegan a estar formadas armónicamente. Los tipos concretos, de los que partimos, no solo nos presentan diferentes predisposiciones naturales, sino también grados de formación del alma femenina. Hemos conocido un alma femenina que era casi como materia informe, pero, sin embargo, dejaba presentir a que forma estaba preparada; otra que, a través de las influencias de los acontecimientos y acciones de aficionados, ha encontrado cierta formación pero no la correspondiente. Y una que era como un modelo perfecto de la mano maestra de Dios. Se nos propone la tarea de probar cuales son las fuerzas que modelan, a través de las cuales debe ser llevada un alma femenina al ser al que está destinada y que podrá protegerse de la degeneración que la amenaza.

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3 comentarios Agrega el tuyo »

  1. Se se entiende que Edith Stein no sea + conocida . No interesa . pero ahora que el feminismo radical está pasado de moda convendría dar a conocer los escritos de EDITH STEIN .
    OBJETIVO: CLARO
    MEDIOS???????

  2. Hay que seguir difundiendo los escritos de Edith Stein.

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  1. Primacía de la persona: Derechos Humanos — Una Mujer, Una Voz - 27 enero, 2013

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